TAVIRA

Amanece en Tavira, de los más bellos pueblos del Algarve en el sur de Portugal. Desde la terraza en la cual escribo puedo ver el río Gilāo y un laberinto de calles de casas blancas, plazas arboladas y la cúpula de la iglesia de la Misericordia, bonita muestra del renacimiento luso. 

Llegamos hace pocas horas a acompañar en su boda a la hija de unos amigos a quienes queremos como familia, tras recorrer casi 700 kilómetros desde Madrid por una autopista del primer mundo –sin huecos, policías acostados "ni perros muertos" como diría el Conde del Guácharo ni alcabalas para martillarte agregaría yo-.

La región exhibe un PIB per cápita, según leo en el periódico local, por encima de la media europea. La prosperidad que marca a sus alrededor de medio millón de habitantes –menos que la población de Monagas- proviene fundamentalmente del turismo: se estima que el año pasado unas 9 millones de personas visitaron sus playas y villas y dejaron miles de millones de euros en sus arcas. 

El día anterior al sumergirme en un mar de aguas frías para mi gusto –aunque unos británicos a mi lado comentaron que la temperatura era de olla hirviendo- confieso que en nada me impresionaron al recordar las de Mochima, El Agua, Chichiriviche o Tucacas pero minutos más tarde, conversando con un empresario venezolano que mudó su fábrica de calzados de Turmero a Coimbra, coincidimos que la diferencia se nota en los servicios, la infraestructura y la cultura de atención al visitante. 

Le comenté que en una oportunidad me tocó atender a un Secretario de Turismo de España en un recorrido por nuestros estados orientales en procura de entusiasmarlo para sellar alianzas que potenciara la actividad en Venezuela y después de comerme y beberme el muy grosero me espetó palabras más, palabras menos: “ustedes nunca serán un destino turístico mientras tengan tan malos servicios, esa infraestructura de vergüenza y lo peor la manera de ser del venezolano que cuando atiende a uno, y fíjese que saben quién es usted y quién soy yo, creen que está haciendo un favor. Sin cultura de atención no tendrán nunca un turismo sostenible”.

Hablamos del “milagro portugués”, un país que es 10 veces más pequeño que Venezuela con un tercio de nuestra población, sin una gota de petróleo ni la mínima porción de nuestras riquezas naturales pero que hoy muestra una sólida economía con estándares de vida de los mejores. Me insiste mucho en la calidad de los sistemas de salud y de educación y me cuenta de lo buenas que son las escuelas públicas en la que sus hijas cursan.

El Portugal de hoy suma cinco años continuos de sólido crecimiento tras pésimos gobiernos que le convirtieron otrora en el paria de Europa junto a Grecia. 

El actual Ejecutivo exhibe como resultado el mejor desempeño económico y financiero en décadas, con una tasa de desempleo bajísima, aumentos sostenidos "reales" del salario dinamizando así la demanda interna, reducción de impuestos a la par que un agresivo plan para promocionar la inversión extranjera directa que ha ocasionado el ingreso no solo de montañas de dinero sino que hasta celebrities como Madonna, Monica Bellucci o Eric Cantona han fijado sus residencias por la seguridad que se le brinda a los de afuera y para muestra allí se tiene a Google que seleccionó a Lisboa para instalar su centro tecnológico para Europa, Oriente Medio y África.

BMW con su centro de ingeniería de software junto con la portuguesa Critical Software; Mercedes Benz su centro digital, y Bosch en Braga para abrir su centro para la conducción autónoma. También Amyris ha invertido en un centro de I+D de biotecnología en Oporto, junto a Natixis. Y la lista sigue con Siemens, Vestas, VW y otras invirtiendo en Ciberseguridad, I+D y desarrollo de software demostración suficiente del éxito que han alcanzado los portugueses en su apuesta por la economía digital.

“¿Cuál a tu juicio es la clave de tanto logro?” pregunto a mi amigo mientras saboreamos unas típicas sardinas fritas. “Yo no voy a responderte por lo que hace o deja de hacer el gobierno porque nunca me metí en política en Venezuela, menos aquí” precisa, “yo te puedo hablar de mi experiencia”. Sin dejo de nostalgia comenta: “llegamos por azar, con una platica que logramos sacar de Venezuela. 

Decidimos salir cuando empezaron a llamarme y amenazar a mis hijas si no le daba unos reales al desconocido interlocutor. Nos recibieron súper chévere y facilitaron las cosas cuando resolvimos comprar una fábrica de nuestro ramo que estaba cerrando. La integración fue rápida, las reglas eran claras y nadie me quito un euro por los permisos. El banco en el que abrí la cuenta no me había dado la chequera cuando ya me estaban ofreciendo créditos pero lo mejor fue y han sido mis trabajadores. Que gente más leal, comprometida con la producción, como se esfuerzan y colaboran. 

Más de una vez he pasado por la fábrica los fines de semana, que son libres, y me he encontrado con operarios y profesionales nuestros ajustando maquinas, adelantando trabajo, por su propia iniciativa y luego son incapaces de solicitar un pago extra”.

“¿Volverás a Venezuela si hay un cambio?”. Mira por unos segundos el paisaje de ensueño que nos circunda para responder: “Si, sin duda, volvería si hay un cambio pero por cierto, este no solo debe ser del gobierno, tenemos que cambiar todos”.

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