Cronicario|Caracas nunca lloró a sus héroes más gloriosos: Bolívar, Bello y Miranda

La primera vez que los dos jóvenes caraqueños Simón Bolívar y Andrés Bello se encontraron con el sexagenario general Francisco de Miranda fue en julio de 1810 en Londres, cuando en compañía de Luis López Méndez viajaron a Inglaterra en misión oficial.

Fueron enviados por la Junta Suprema que había sustituido al capitán general Vicente Emparan, representante del rey usurpador de España, durante los alborotos libertarios de aquel 19 de abril de ese mismo año en Caracas.

Llevaban la misión de solicitar el reconocimiento y el apoyo de Inglaterra a la nación en rebeldía frente a la corona española y convocar a Miranda incorporarse a la lucha apenas comenzada, en atención a sus innegables méritos políticos y militares por su actuación en la guerra de independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa que rubricó su nombre en el Arco de Triunfo de París.

Los tuvo de huéspedes en su casa en Grafton Way donde a diario las tertulias versaban sobre los proyectos mirandinos para la emancipación americana y la creación de una nueva república sobre los principios de libertad proclamados en la revolución francesa. Les contó la frustrada invasión de 1806 y les preguntaba por su Caracas querida de la que estuvo ausente por 39 años, desde 1771cuando se marchó a Europa.

López Méndez y Bello se quedaron en Londres mientras Bolívar y Miranda en barcos distintos regresaron a Caracas a fines de 1810.

Primer humanista del continente

Bello permaneció 19 años en Inglaterra donde se casó dos veces, nacieron varios de sus quince hijos de quienes vio morir nueve y representó a Venezuela, Chile y la Gran Colombia. Allí también escribió sus grandes poemas a la libertad del Nuevo Mundo y la majestuosidad de la naturaleza.

Añoraba sus juveniles tertulias literarias caraqueñas donde le llamaban Cisne del Anauco. No dejó de extrañar su Caracas natal, su vegetación tropical inspiradora de su poesía juvenil: “Tú, verde y apacible ribera del Anauco, para mí más alegre, que los bosques idalios y las vegas hermosas de la plácida Pafos”.

Siempre concibió al periodismo como medio de difusión del conocimiento y la cultura. Fundó las revistas Biblioteca Americana y Repertorio Americano dirigidas a los pueblos de América y a difundir su obra poética. Su vínculo con El Colombiano, periódico de Miranda y El Español, de José María Blanco White le recordaban sus inicios como primer periodista de la Gazeta de Caracas, primer periódico venezolano, parte de sus añoranzas.

Impedido de regresar a su Caracas siempre extrañada, a mediados de 1829 junto con su esposa Isabel Antonia Dunn, se fue a Santiago de Chile, donde se erigió en gran maestro, escritor, gramático, jurista, político, periodista, filólogo y promotor de la cultura. Llegado a Santiago le escribió a su amigo José Fernández a Madrid que le gustó el país pero le describe en su nostalgia a su natal ciudad: “echo de menos nuestra rica y pintoresca vegetación, nuestros variados cultivos, y aún algo de la civilización intelectual en Caracas en la época dichosa precedente a la revolución”.

Siempre evocaba sus paseos a las faldas del Ávila y sus huertos floridos, sus riachuelos Catuche y Caroata, la sombra de sus frondosos árboles, el canto de sus pájaros. Las excursiones al río Guaire no estaban ausentes de sus recuerdos.

Todo ello fuente inspiradora de su Alocución a la poesía y Silva a la agricultura de la zona tórrida, “¡Salve, fecunda zona, que al sol enamorado circunscribes, el vago curso, y cuanto ser se anima, en cada vario clima, acariciada de su luz, concibes!”.

En El Araucano siguió su obra pedagógica y en noviembre de 1832 recibió la nacionalidad chilena. Senador entre 1837 y 1864, fue principal redactor del Código Civil chileno entre 1840 a 1855. Se destaca su traducción libre de la Oración por todos, de Víctor Hugo, apreciada como la mejor poesía chilena del siglo XIX. En 1851 fue miembro honorario de la Real Academia Española. Impulsor de la Universidad de Chile, fue su primer rector, cargo honorífico hasta su muerte.

Tanto tiempo fuera de su añorada Caracas hizo de Bello un personaje olvidado y no lo lloró a su muerte, 55 años después de su partida era un desconocido mientras en Chile recibía los máximos honores. Tampoco recordaban lo dicho por Bolívar cuando año y medio menor, con 17 años Bello le daba clases: “conozco la superioridad de este caraqueño contemporáneo mío. Fue mi maestro cuando teníamos la misma edad y yo le amaba con respeto”.

Calificado de sabio, esencialmente un autodidacta de elevadísima capacidad intelectual, le faltaban mes y medio para cumplir 84 años cuando falleció en la capital chilena el 15 de octubre de 1865. Primer humanista del continente, sus restos reposan en el Cementerio General de Santiago, ciudad donde lo respetan y aman. El sabio polaco Ignacio Domeyko dijo en su funeral: “Dudaría la razón que en una sola vida, un solo hombre pudiera saber tanto, hacer tanto y amar tanto”.

Miranda, el caraqueño universal

Aunque en su memoria permanecían los recuerdos de su apacible ciudad natal, Francisco de Miranda también estuvo mucho tiempo fuera de Caracas, desde su partida en enero de 1771, próximo a cumplir 21 años al embarcarse en La Guaira hasta diciembre de 1810, a su regreso de 60 años. Nació el 28 de marzo de 1750 en la ciudad “tendida a las faldas del Ávila empinado, odalisca rendida a los pies del sultán enamorado”, como la describió mucho después el poeta Pérez Bonalde.

Su decisión de irse a Europa no parece coincidencia después del “incómodo y escandaloso incidente promovido por los criollos principales de Caracas contra Sebastián Miranda, su padre, en abril de 1769”, sostiene la historiadora Inés Quintero en su libro El hijo de la panadera. Francisco de Miranda (Editorial Alfa, 2014).

Según la académica el porvenir del Precursor no ofrecía muchas opcionesen una sociedad fuertemente jerarquizada como la caraqueña del siglo XVIII y aún fresco el incidente de su papá con los principales mantuanos de la ciudad: “tenía dos posibilidades: o se conformaba con vivir en un entorno en el cual sería considerado y valorado como el hijo de la panadera, un sujeto ordinario y de baja esfera, o se disponía a labrarse un futuro diferente fuera de su lugar natal. Francisco de Miranda optó por lo segundo”.

Mucho nos falta por conocer de la personalidad múltiple del más universal de los hijos de Caracas y de América, señala el helenista y traductor chileno Miguel Ángel Castillo Didier en el prólogo del Diario de Viajes de Francisco de Miranda, (Monte Ávila Editores, 1992) y cita al historiador José Luis Salcedo Bastardo:

“Venezuela y Latinoamérica están en deuda con aquel que, el primero, concibió la libertad y la unidad de los países hispanoamericanos y entregó a esa causa su vida, siendo precursor, apóstol, héroe y mártir de la independencia americana”.

Aún no lo conocemos bien; no hemos aquilatado en todas sus dimensiones su aporte a ésa y otras causas que siguen teniendo hoy vigencia completa, sostiene Castillo. “Miranda luchó por la libertad del hombre; primero en Estados Unidos, luego en Francia, después en Venezuela; propició la emancipación y un destinocomún para las naciones hermanas de Latinoamérica”.

“Alzó por doquier su palabra en defensa de los derechos humanos, desde la época en que recorrió las más diversas latitudes europeas, hasta los tristes tiempos de su injusta prisión final; hizo oír su voz condenatoria contra la práctica de la tortura, la inhumanidad de los regímenes carcelarios, las arbitrariedades y la falta de garantías judiciales”.

En plena Revolución Francesa –sostiene el catedrático– Miranda denunció la inconsecuencia de negar a la mujer los derechos cívicos; se opuso a las conquistas como incompatibles con el espíritu libertario, y así lo expresó a los franceses con serena firmeza; se enfrentó al Directorio y a Napoleón, condenando el saqueo de los tesoros artísticos de Italia y de otros pueblos; la instrucción popular fue una de sus preocupaciones más constantes. “En fin, no es posible señalar una causa noble que no haya contado con su amplio y leal apoyo”.

El académico de la RAE nos invita a conocer más a este cosmopolita héroe caraqueño en sus escritos y en especial de sus Diarios, parte de los 63 tomos de sus archivos que él mismo hizo encuadernar, colección de papeles reunidos desde su viaje a España en 1771, preservados sistemáticamente con celo a través de sus azares y peripecias bajo el nombre general de Colombeia, elevados en 2007 por la Unesco a Registro de la Memoria del Mundo.

Aunque en su diario registro nombra poco a la ciudad placentera que lo vio nacer, en todos los lugares donde le inquieren su origen, con orgullo habla de Caracas con nostalgia por el regreso para hacerla libre del imperio español.

En diciembre de 1810 lo reciben con honores en La Guaira y Caracas le confiere el grado de general del ejército. Diputado por El Baúl, el 5 de julio de 1811 Miranda firma con reservas el Acta de la Declaración de la Independencia. Con el rango de generalísimo asumió la conducción del naciente ejército patriota.

Tras las primeras escaramuzas al frente de unas indisciplinadas tropas, la caída de la plaza de Puerto Cabello al mando del coronel Bolívar, la rebelión de los esclavos de Barlovento y el rechazo a la gesta de la independencia por la sociedad venezolana quienes justificaban el terremoto del 26 de marzo de 1812 como “castigo del cielo”, fueron razones para la capitulación de Miranda ante el general español Domingo de Monteverde el 25 de julio de 1812 en San Mateo, cuando Caracas cumplía 245 años de su fundación.

Por temor a la derrota y el desconcierto, el generalísimo planeaba salir en busca de apoyo para reiniciar la lucha, interpretada como una traición. Antes de partir un grupo de oficiales encabezados por Bolívar lo apresó en La Guaira y lo entregaron al comandante militar del puerto coronel Manuel de las Casas, quien lo entregó a Monteverde y ordenan su traslado al castillo San Felipe, de Puerto Cabello.

A comienzos de 1813 exigió a la Real Audiencia de Caracas cumplimiento de la capitulación de San Mateo, pero la respuesta fue su traslado en junio de ese año al castillo San Felipe del Morro, en Puerto Rico y de allí a España, donde fue encerrado en el penal de la Carraca, en Cádiz. Cuando planeaba su fuga hacia Gibraltar, el 14 de julio de 1816, de 66 años un accidente cerebrovascular le causó la muerte. Sus restos fueron enterrados en una fosa común en el cementerio del arsenal y mucho después fue cuando se supo en Caracas y tampoco lo lloró.

Bolívar, ausente por la guerra

Cinco días después de la gloriosa batalla de Carabobo del 24 de junio de 1821 Bolívar entró triunfante de nuevo a su Caracas querida, siete años después de la salida forzosa y trágica emigración a oriente, aquel aciago 7 de julio de 1814. Poco duró su estancia en la ciudad que ansiaba recorrer como cuando la paseaba joven. No deja de pensar en sus hermanas, sus amigos, la ciudad azotada por la guerra. No le es ajena la voluntad de volver muy pronto pero la campaña del sur espera para la liberación de Ecuador y Perú, la creación de Bolivia y fortalecer el poder de la Gran Colombia.

Intrigas y ataques a su sueño de una grande y poderosa nación no cesan. En Caracas la traición le hace regresar el 12 de enero de 1827 para aplacar a los sediciosos de la Cosiata, la conspiración encabezada por el general José Antonio Páez para separar a Venezuela de la Gran Colombia. Su visita triunfal dura seis meses y la recorre a diario, recuerda su infancia bajo los cuidados de las negras Matea e Hipólita, sus tremenduras de niño, sus paseos por las orillas del Ávila, su contacto con quienes sobrevivieron a la emigración a oriente, las viejas amistades de la familia. Sale por última vez el 5 de julio, cuando celebraban 16 años de la firma del acta independentista, parte de sus primeros recuerdos de la gesta.

El 27 de abril de 1930 Bolívar renuncia a la presidencia de la Gran Colombia ante el Congreso en Bogotá, el 8 de mayo se despide de Manuela Sáenz por última vez y se marcha. Es precaria su salud pero estima que otros ambientes se la pueden devolver. La noticia del vil asesinato del general Antonio José de Sucre, en las montañas de Berruecos le llega el primero de julio, estocada emocional que le agrega una honda pena. El primero de diciembre llega a Santa Marta, se instala en la finca San Pedro Alejandrino, lanza su última proclama y firma su testamento donde pide que sus restos reposen en su Caracas rememorada siempre.

A su muerte aquel triste 17 de diciembre de 1830, a causa de tuberculosis, un profundo secreto se guardó sobre la infausta noticia que tardó varios meses en conocerse en Caracas y un misterioso celo ocultó sus restos en una tumba sin lápida en el panteón de los Díaz-Granados por más de una década ocultos por temor a la posible profanación por los santanderistas.

En 1834 un sismo afectó la catedral y el sepulcro donde estaban los restos. Tres años más tarde el jefe político de Santa Marta cuando Bolívar murió, Manuel Ujeta se los llevó a su casa en la Calle Grande donde los mantuvo hasta 1839 cuando de nuevo los llevaron a la catedral. Esta vez el capitán Joaquín Márquez del ejército patriota colocó una lápida: “Bolívar Libertador de Colombia y Perú y fundador de Bolivia. Dedícale este pequeño tributo un oficial del batallón Rifles 1° de la Guardia. J. A. Márquez”. De allí serían exhumados en 1842 para el traslado a su tan extrañada y anhelada Caracas, pero esa es otra crónica.

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