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Robert Carmona-Borjas / rcb@arcadiafoundation.org

09/11/2009 8:21:34 p.m.
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Lamentablemente, la irresponsabilidad única de Hugo Chávez está llevando a Venezuela, a su gente y a las instituciones, a una confrontación militar con Colombia. Un disparate que no tiene precedente. No se trata de una guerra defensiva, sino de agresión, argumentando los acuerdos con los Estados Unidos que tocan puntos sensibles del bolivarianismo, es decir, narcotráfico y terrorismo de las FARC y otros grupos insurgentes.

La Carta de las Naciones Unidas, el derecho internacional consuetudinario, prohíben el recurso a la fuerza e incluso la amenaza de recurrir a ella, para resolver los conflictos y las controversias internacionales. El presidente venezolano y sus allegados parecen ignorar esta realidad que obliga a todos, incluso a los gobiernos más forajidos.

La solución de la crisis con Colombia depende de muchos actores, entre otros, la sinceración de Caracas en cuanto a los temas sensibles señalados. Dejar de apoyar al terrorismo de las FARC, impedir que el territorio nacional sea utilizado como santuario, abandonar las políticas injerencistas que favorecen a los radicales de izquierda colombianos y a Piedad Córdoba, punta de lanza del bolivarianismo en ese país.

El asunto no se resuelve con buenos oficios o mediaciones, aunque todos los esfuerzos son válidos. Las Naciones Unidas y no la OEA sería el órgano más competente para plantear tales soluciones. Colombia ha solicitado al organismo mundial que se aboque al estudio de la situación. La OEA, como dicen algunos con autoridad, no tiene ninguna capacidad de mediación por su falta de objetividad, por su no transparencia y por estar conducida por un mediocre y torpe funcionario que la utiliza para apoyar el expansionismo bolivariano.

Los venezolanos quieren paz en el país, progreso y bienestar; también relaciones pacificas con todos los países, más con los vecinos, Colombia, un país al que nos unen numerosos lazos, una historia común, intereses similares.

El régimen chavita debe lanzarse en la guerra contra el hampa, contra la corrupción, contra la ineficacia, una guerra por la producción, por la libertad, por la dignidad, por la liberación de los presos políticos, por el pleno empleo, por la estabilidad económica, por el buen uso de nuestros recursos.

Esa es la única guerra en que los venezolanos, civiles y militares, estoy seguro, acompañarían a Chávez, el súper héroe, como lo llamó el primer ministro de Israel en días pasados.

Basta de manipulación y de despropósitos, de alterar las cosas, de amenazas y de acciones violentas e ilegales. La situación se le pone al régimen al rojo vivo, pero más que en sus relaciones bélicas con Colombia, adentro, cuando más del 70 por ciento de los venezolanos rechazan las desmedidas pretensiones eternistas del líder bolivariano.

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